Google+ Los Colores de la Noche: septiembre 2012
Share

domingo, 30 de septiembre de 2012

La escala del Universo

A veces miramos el cielo nocturno sin ser conscientes de su magnitud. De hecho la idea de la esfera celeste como algo real no hace tanto tiempo que fue desechada, y cuando nos tumbamos bajo el cielo estrellado cuesta mucho librarse de la sensación bidimensional que durante tanto tiempo ha hecho creer a los humanos que existía una esfera de estrellas fijas. En los últimos siglos se han ido rompiendo esferas conforme han sido calculadas las distancias que nos separan de los astros; primero de la Luna, Sol y planetas, luego de las estrellas, después de las nebulosas espirales (que resultaron ser otras galaxias) y recientemente de las galaxias más lejanas. Pero nos hemos habituado a las cifras astronómicas sin pararnos a pensar en las enormes distancias que representan, y de vez en cuando hay que detenerse a reflexionar sobre la escala de lo que estamos observando para ser conscientes de nuestro lugar en el Universo, aunque suponga poner a prueba los límites de nuestra imaginación. 

En 2005 la sonda Voyager I alcanzó los límites de nuestro Sistema Solar, el llamado frente de choque de terminación, la zona donde el Sol pierde su influencia para dar paso al espacio interestelar. Le ha llevado casi 30 años y podríamos decir que aún está en la puerta del jardín. Seguro que tenemos en mente la típica ilustración del Sistema Solar con sus hermosos planetas girando alrededor del Sol, todos aparentemente cerca en relación al tamaño con el que son representados. Pero hacer un dibujo a escala fidedigna del Sistema Solar (en el que se representen también las distancias) sería bastante complicado. Veamos cómo podríamos hacer una maqueta en la que el Sol fuera representado por una esfera de 1 metro de diámetro: 
  • Mercurio podría ser un grano de pimienta a unos 40 metros de la esfera solar.
  • Para Venus una canica podría ir bien, pero situada a 74 metros.
  • La Tierra sería otra canica a algo más de100 metros.
  • Para Marte necesitaríamos una bolita de apenas medio centímetro que tendríamos que colocar a casi 160 metros. 
  • Para Júpiter iría bien un balón de balonmano a 533 metros de nuestro Sol. 
  • Saturno sería un balón un poquito más pequeño situado a 1 kilómetro.
  • Urano, más o menos como una pelota de golf, debería situarse a 2 kilómetros de nuestro punto de partida.
  • Neptuno sería otra pelota de golf a más de 3 kilómetros. 

martes, 18 de septiembre de 2012

El origen de la astrología

Planisferio asirio del siglo VII a.C.
Según el diccionario de la RAE la astrología es el estudio de la posición y del movimiento de los astros, a través de cuya interpretación y observación se pretende conocer y predecir el destino de los hombres y pronosticar los sucesos terrestres. Esta definición ya es suficiente para tener una idea de que se trata de una disciplina muy diferente a la astronomía aunque tengan un origen común. Pero aún así lo que vemos hoy como "astrología" dista bastante de realizar estudio alguno de los astros (ni de su posición ni de su movimiento); de hecho dudo que los autodenominados "astrólogos" sepan reconocer los principales planetas y constelaciones en la noche estrellada. Al fin y al cabo la astrología de capisayo -esa que nos muestra la TDT con profusión- no es más que una pantomima adivinatoria que proporciona al crédulo respuestas vagas y ambiguas con las que fácilmente puede sentirse identificado. Lo mismo podemos decir de la categorización de la humanidad en 12 tipos de personas según el Sol haya estado en tal o cual signo cuando el niño tiene a bien abandonar el confortable útero materno. Si leemos con atención los supuestos rasgos de uno u otro "signo" podemos identificarnos con cualquiera de ellos porque se dan en todos nosotros en mayor o menor medida. Bueno, vale... los "virgo" somos algo raros, lo acepto.

Esta mezcla esotérica tiene sin embargo mucha influencia en la actualidad, muy a pesar de que se supone que todos tenemos un mínimo de formación científica y fácil acceso a ella. Lo que demuestra que una gran cantidad de información en nuestras manos, sin un mínimo de capacidad crítica para seleccionarla, no nos convierte en personas informadas sino infoxicadas, término no recogido en diccionario alguno pero que define muy bien un estado mental generalizado consistente en un gazpacho de ideas resultado de lecturas parciales y de hacer propio todo lo que nos escupen los medios de comunicación. En cualquier caso el  principal fin de estos medios es fomentar el consumo de lo que sea, y para ello da igual si el comediante debe ponerse una túnica satinada o una bata blanca para decirnos que las micro-cagarrutas fotónicas de tal o cual detergente dejan la ropa como si hubiera sido sometida a una dosis mortal de radiación gamma. La astrología actual, como muchas otras falsas ciencias, intenta a veces ponerse la bata blanca encima del capisayo para proporcionar un supuesto fundamento científico, tan débil que podría ser desmontado por un alumno de secundaria con una ecuación (es el caso del manido y absurdo argumento de la influencia gravitatoria de los planetas sobre los humanos). 

Pero aunque hoy sea poco más que un lucrativo negocio para algunos -y una fuente de ilusiones vanas para otros- lo que llamamos astrología no está exento de una interesante historia cuyo origen se pierde en las primeras civilizaciones urbanas de Mesopotamia, y que surgió como un intento de explicar el mundo a través de la observación minuciosa del cielo en su marco mítico y religioso. El astrólogo de esa época era un sabio que observaba meticulosamente y seguía el movimiento de los astros, especialmente del Sol, la Luna y los planetas, para realizar una interpretación de lo que acontecía (o que estaba por acontecer), considerando que lo que ocurría en el cielo eran señales o mensajes de los dioses sobre lo que podía acaecer el la tierra. Su labor tenía un componente observacional y otro mágico-religioso, pero no parece que se preguntara por la naturaleza de los cuerpos celestes ni por el motivo de su movimiento o su distancia, de modo que sería osado hablar de una parte "científica" en la acepción actual de este término.
   

jueves, 6 de septiembre de 2012

Destellos lejanos

A 10 millones de años luz en la galaxia NGC 6946 se han observado 8 supernovas en tan sólo 100 años.
Imagen a partir de 9 tomas de 400 segundos por telescopio 127/952 (M. Bustamante)
Si hay un suceso extremo de proporciones difíciles de imaginar en el Universo es una supernova. Desde la antigüedad se ha constatado la aparición repentina de estrellas "nuevas", astros que mantenían cierto brillo durante un tiempo para ir debilitándose hasta desaparecer. Han ocurrido ocho supernovas en nuestra galaxia de las que se tenga constancia histórica. La más famosa fue observada en el año 1.054 de nuestra era y ocurrió a unos 6.000 años luz, llegando a brillar tanto que resultaba visible a plena luz del día; de ella ha quedado la conocida nebulosa del cangrejo (formada por la materia que fue expulsada violentamente) y en su centro una estrella de neutrones pulsante.  Aún más brillante pudo ser la del año 1.006 en la constelación de Lupus, rivalizando en su brillo aparente con la Luna. Las más recientes ocurrieron en 1.572, en Casiopea -con un brillo similar al de Venus- y unas décadas después, en 1.604, en Ofiuco. Desde entonces no se ha observado otra supernova dentro de nuestra galaxia, pero sí se han detectado en otros sistemas a grandes distancias, lo que implica una emisión de energía descomunal en un periodo muy breve de tiempo. Hoy sabemos que este fenómeno está poco relacionado con el nacimiento de las estrellas (*), sino más bien con su muerte o con procesos que hacen que se produzca una violenta explosión de enorme magnitud. 

Fuera de la Vía Láctea destacan dos galaxias por ostentar el récord de supernovas en un corto espacio de tiempo: M 83 (el Molinillo Austral, en la constelación de Hydra) y NGC 6946 (en Cefeo).