Google+ Los Colores de la Noche: abril 2014
Share

miércoles, 30 de abril de 2014

Primavera intergaláctica

Es difícil describir la emoción que sentí cuando observé por primera vez una galaxia al telescopio. Fue hace casi 20 años con un sencillo reflector tipo Newton de 114 mm, posiblemente el instrumento con el que nos hemos iniciado muchos a la Astronomía. Me faltó tiempo para dirigirlo a las constelaciones de Virgo, Leo y la Cabellera de Berenice, esas zonas del cielo oscuras y con pocas estrellas que no llaman especialmente la atención en las noches de primavera. Basta un simple barrido por estas regiones del cielo -a partir de algunas estrellas de referencia- para observar en el campo del ocular un sinnúmero de manchas difusas de luz en el límite de la percepción, fantasmales y fascinantes. Sin saber realmente lo que se está viendo, una galaxia al telescopio es algo anodino y decepcionante para quien espera ver el despliegue de luz y color de las fotografías del Telescopio Espacial. Pero esta percepción cambia radicalmente cuando se toma consciencia de lo que se observa. 

El Triplete de Leo, formado por las galaxias M65 (arriba), M66 (abajo a la derecha) y NGC 3628 (izquierda), situadas a unos 35-36 millones de años luz de nosotros. La imagen corresponde a una sola toma de dos minutos de exposición a 3200 ISO con filtro CLS antipolución lumínica (de ahí el color azulado), con telescopio refractor de 127 mm de abertura y 952 mm de focal. Esta imagen puede aproximarse a lo que veríamos a través de un instrumento ya de cierta abertura (Máximo Bustamante). 
Pongamos como ejemplo la galaxia M84, que en un pequeño reflector se aprecia como una débil luz difusa un poco más brillante en su centro. Es tan débil que no llega a excitar a los conos de nuestra retina, de modo que no apreciamos color alguno (como ocurre con la observación visual de casi todos los objetos de cielo profundo). La gran diferencia de percibir esta galaxia al telescopio a ver una fotografía del HST es que en el primer caso los fotones que estimulan los bastoncillos de nuestra retina han hecho un largo viaje desde las profundidades del espacio y el tiempo hasta llegar a nosotros. M84 es una gran galaxia elíptica situada a unos 60 millones de años luz, lo que quiere decir que su luz ha necesitado 60 millones de años para salvar la distancia que nos separa (a una velocidad cercana a los 300.000 km/s). Si nos resulta más fácil captar la inmensidad de esta cifra en kilómetros sólo tenemos que multiplicar 60.000.000 por los kilómetros que tiene un año luz (300.000 x 60 x 60 x 24 x 365), lo que nos da 567.648.000.000.000.000.000 km, cifra que se leería como quinientos sesenta y siete trillones seiscientos cuarenta y ocho mil billones de kilómetros (creo). Por más que lo intentemos no hay modo de imaginar este número, pues su tamaño es completamente ajeno a nuestra realidad inmediata. Mejor intentemos captar el abismo temporal que hay entre el momento en que tenemos el ojo pegado al ocular y el instante del pasado en que el fotón fue liberado por una estrella de esta galaxia, hace 60 millones de años. Cuando esta luz inició su viaje desde la fotosfera de una estrella (por ejemplo), la Biosfera de nuestro planeta se estaba recuperando del impacto meteórico que probablemente acabó con los grandes reptiles y que dio paso al dominio de los mamíferos. La montaña sobre la que está mi telescopio seguramente no existía y sus rocas aún eran sedimentos cubiertos por el mar que comenzaban a ser comprimidos por el choque de dos placas tectónicas. Dentro de 60 millones de años si alguien en M84 dirige su telescopio (o instrumento equivalente) a esa distante galaxia espiral que llamamos Vía Láctea, percibirá la imagen de nuestra galaxia tal y como era cuando yo estaba observando M84, pero posiblemente en ese momento futuro de mí sólo queden si acaso fósiles ya antiguos. El telescopio es una máquina del tiempo que no necesita motores cuánticos, propulsores relativistas ni navegantes en tanques de especia capaces de plegar el tejido espacio-temporal; sólo hacen falta unos cielos transparentes y oscuros para sumergirnos en el tiempo.