Google+ Los Colores de la Noche: El Misterio Final

martes, 15 de marzo de 2016

El Misterio Final

El proyecto musical cósmico que nunca vio la luz


Probar cosas nuevas es uno de los mejores regalos que podemos hacer a nuestras neuronas, ya sean nuevos sabores, sensaciones, las vivencias de un viaje o una música que nunca hemos escuchado antes. Para ello, también con la música, es esencial liberarse de prejuicios y abrir nuestros sentidos de par en par, superando esas barreras culturales o conceptuales a las que estamos tan habituados. Dentro de la música clásica (no me parece desde luego la denominación más acertada) existe una variedad enorme de estilos y un sinfín de compositores que han explorado las más diversas formas creativas, especialmente a partir del siglo XIX. Uno de los descubrimientos que para mí fue más sorprendente fue el de la música de Alexander Scriabin, un compositor ruso poco conocido que vivió entre 1872 y 1915 y que en sus obras tardías exploró sonoridades nuevas, precursoras de estilos aún por llegar con las vanguardias del siglo XX. Sumergirse en su Poema del Éxtasis o en alguna de sus últimas sinfonías supone pasar de momentos que recuerdan al impresionismo francés a otros instantes expresionistas y casi dodecafónicos, lo que requiere desde luego varias audiciones para ir descubriendo todas sus dimensiones.

Scriabin fue un compositor y pianista virtuoso -instrumento al que dedicó buena parte de su obra- que en la última década de su vida se centró en la composición orquestal. Su evolución musical fue paralela al desarrollo de un gran interés por la mística, la teosofía y las obras de Nietzsche, hasta el punto de que se convirtieron en el hilo conductor de sus composiciones, considerando que a través del arte (y de la música por tanto) puede transformarse el Ser Humano. Para entender su obra tampoco podemos pasar por alto otra circunstancia que marcó su vida: poseía habilidad sinestésica, era capaz de percibir colores cuando escuchaba diferentes tonos de sonido, o dicho de otro modo, era capaz de "escuchar colores". Todo esto se combinó con una personalidad un tanto ególatra para terminar otorgándose un papel casi mesiánico, de transformador de la humanidad a través de su arte. Sólo teniendo en cuenta todo esto podemos entender las pretensiones de su última e inconclusa obra: el Misterio Final.

Scriabin proyectó lo que tendría que ser una obra de arte suprema, capaz de integrar la música (interpretada por orquesta, coro, voces solistas, órgano y él mismo al piano) con otras sensaciones a través de la luz, el color, olores, la danza e incluso el tacto entre los asistentes, que no serían meros espectadores sino partícipes en el desarrollo de la monumental obra. El lugar para su ejecución sería un templo construido para tal fin en la India y su duración siete días con sus siete noches. Según nos cuenta Francesc Serracanta en la página "historia de la sinfonía", así describía a un amigo su idea:
"El público no se comportaría como simples espectadores. Todos participarían. La obra requiere un público especial, artistas especiales, y una cultura totalmente nueva. Para su interpretación es necesaria una orquesta, un gran coro mixto, un instrumento para realizar efectos visuales, bailarines, una procesión, incienso, todo articulado con un ritmo textual. La catedral donde se representaría no debería ser de un tipo de piedra simple, sino que su atmósfera debería ir cambiando continuamente siguiendo el desarrollo del Misterio. Esto se lograría mediante nieblas y luces de colores que modificarían los perfiles arquitecturales."
La temática de la obra sería de carácter filosófico, místico o incluso esotérico, muy influenciada por las corrientes orientalistas que estuvieron tan de moda en su época. Cuestiones tan profundas como el origen y destino del Universo, así como el papel y fin de la Humanidad, serían el leitmotiv de tan sublime obra. Cuando Scriabin comenzó a componer su ambicioso proyecto en 1913 habían transcurrido ocho años desde la publicación de la teoría de la relatividad especial de Einstein y faltaban aún dos para que la relatividad general viera definitivamente la luz. Son años en los que se estaba fraguando una de las revoluciones científicas y del pensamiento más importantes de la Historia y que supusieron un cambio en la visión del Universo; sin ir más lejos la relatividad especial tuvo ya su impacto en la filosofía al romper con las ideas tradicionales de espacio y tiempo absolutos e independientes. Scriabin comenzaría el texto de su obra de un modo que, aunque inevitablemente nos recuerde al modelo cosmológico que surgió más tarde con algunas de las soluciones a las ecuaciones de campo de Einstein, seguramente fue inspirado por diversos mitos de la creación.
"Del calor de un momento brota la eternidad
iluminando grandes expansiones de espacio
el infinito late en nuevos mundos
y el sonido abraza al silencio."
Mediante una cruel ironía el destino truncó del modo menos grandilocuente posible la vida de Scriabin cuando apenas llevaba dos años trabajando en el proyecto artístico que debía cambiar al Ser Humano: un grano mal curado bajo el bigote le causó una infección que lo llevó a la tumba en 1915, pues por entonces aún no existían los tratamientos con antibióticos. Del Misterio Final sólo dejó un esbozo fragmentado del acto preliminar, la introducción de más de dos horas que debía situar al público en la complejidad de la obra. Fue años después cuando el compositor Alexander Nemtin (1936-1999), gran admirador de la obra de Scriabin, decidió asumir la difícil tarea de dar forma y reconstruir esta introducción, titulada "Preparación para el Misterio Final", lo que le llevó nada menos que 26 años de su vida. Finalmente se interpretó en 1997 estructurada en tres partes: Universo, Humanidad y Transfiguración.

No es una música fácil de entender, ni mucho menos puede servir de fondo a otra actividad, pues es lo suficiente perturbadora como para reclamar nuestra plena atención. A lo largo de dos horas y cuarenta minutos los momentos de misterio y tensa calma se alternan con explosiones extáticas de una sonoridad y cromatismo apabullantes, que en algunos momentos pueden resultar hasta opresivos. Es de esas obras que cada vez que se escuchan despliegan nuevos matices y suponen un descubrimiento progresivo que no acaba. Es difícil imaginar las sensaciones que transmitiría la obra completa con la puesta en escena que pretendía Scriabin, pero podemos hacernos una ligera idea con el acto preliminar que recompuso Nemtin tras estudiar profundamente la obra de uno de los compositores más innovadores de principios del siglo XX.





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