Google+ Los Colores de la Noche
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miércoles, 21 de diciembre de 2011

La Estrella de Oriente

Los Magos siguen la Estrella (mosaico del siglo VI)
No sé si se han dado cuenta pero ya estamos en Navidad. Casi me olvido. Desde que dejé de ver televisión y apenas piso superficies comerciales he desconectado de ese "espíritu navideño" por el que se supone que debemos exteriorizar nuestro buen rollo comprando como posesos. Y aunque ahora no me gustan mucho estas festividades, he de reconocer que cuando era chiquillo me hacían mucha ilusión, como supongo que a todos. Claro que era la época en la que Santa Claus no había aterrizado aún por aquí y esperábamos religiosamente al 6 de enero para recibir el regalo de los Reyes Magos (el regalo, en singular, que normalmente era un juego de mesa para así disfrutarlo todos). Y en el belén o en el árbol destacaba algo que perdura como un icono de estas entrañables fechas: la estrella de oriente.

Puede que sea una de las primeras figuras que hemos garabateado de pequeños, junto a la casita echando humo y los palotes cabezones que representaban a nuestra familia; una estrella con una larga cola que nos indicaba que la escena no transcurría en una fecha cualquiera, sino cerca del 25 de diciembre. Ese día del año se celebra en la mayor parte del mundo cristiano el nacimiento de Cristo, y el astro inusual se dice que fue el encargado de guiar a los tres magos de oriente hasta el lugar del suceso. Eso es lo que cuenta el evangelio según San Mateo, que habla genéricamente de "una estrella", aunque al final la representamos más bien como un cometa. ¿Pudo existir tal evento o es sólo una figura simbólica?  La mención a esta estrella en un evangelio ha despertado el interés de muchos estudiosos por averiguar si pudo ser algo real; y todo por un motivo de peso: apenas existen referencias para datar la fecha del nacimiento de Jesús, de modo que si se puede encontrar algún fenómeno astronómico inusual podría ser una pista interesante. 

sábado, 17 de diciembre de 2011

El programa SETI y las probabilidades de que haya alguien ahí fuera

Radiotelescopios
La idea de la posible existencia de vida en otros mundos no es actual. Ya en la antigua Grecia, filósofos como Metrodoro de Quíos consideraban absurdo creer que la Tierra era el único mundo habitado en la infinitud del Universo. También el poeta latino Lucrecio defendía la idea de que había innumerables mundos poblados por seres vivos (en su obra De rerum natura). Sin embargo, y al igual que ocurrió con otras discusiones filosóficas, fue la escuela de Aristóteles la que se mantuvo dominante. En la Europa medieval la filosofía aristotélica fue adoptada por la Iglesia, al casar perfectamente las ideas geocéntricas con los dogmas religiosos.

No fue hasta el Renacimiento cuando se volvió a cuestionar la posición privilegiada de los humanos y la Tierra en el Universo. Gracias a que algunos filósofos se atrevieron a contradecir lo establecido en la doctrina cristiana (porque no cuadraba con lo que observaban en la naturaleza), surgió de nuevo la pregunta sobre la existencia de otros mundos habitados por seres inteligentes. Giordano Bruno fue uno de los que osaron plantear la infinitud del Universo, con el Sol como una estrella más entre infinitas que bien podrían estar habitadas por otros seres. Eso dicho hoy no nos sorprende ni escandaliza, pero en el siglo XVI la situación era muy diferente, pues si ya era herética la idea de una Tierra orbitando alrededor del Sol, afirmar la existencia de otros planetas con otros seres era tirar por los suelos la validez de todo el sistema teológico y filosófico de las religiones oficiales, tanto católica como luterana o calvinista. Por eso este visionario acabó en la hoguera en el año 1600, pues -al contrario que Galileo- se reafirmó en sus ideas ante el tribunal que lo juzgaba.

Al tiempo que la Astronomía se configuraba como ciencia, separándose de la religión y otras disciplinas, las evidencias aportadas por la observación consolidaron la teoría heliocéntrica, que acabó plenamente aceptada. En el siglo XIX y principios del XX se desentrañaron muchas cuestiones relativas al Sistema Solar y la Vía Láctea, y los astrónomos observaron nebulosas que luego resultaron ser otras galaxias similares a la nuestra. Después de haber desplazado a la Tierra del centro del Sistema Solar, se comprobó que ni siquiera el Sol era el centro de nada, sino que estaba en la periferia de una galaxia que además es una entre millones. En un Universo con cantidades ingentes de galaxias y estrellas inevitablemente vuelve a surgir la pregunta de si existen otros mundos habitados. A esta cuestión pretende responder la bioastronomía.

sábado, 10 de diciembre de 2011

La medida del tiempo (III). El calendario gregoriano

Retrato de Gregorio XIII, por Lavinia Fontana
En el anterior artículo vimos cómo Julio César implantó el calendario que sirve como fundamento al que utilizamos hoy en día en la mayor parte del mundo. A partir de los calendarios primitivos basados en el ciclo lunar, e inspirado por el calendario egipcio, realizó un ajuste de los meses (cuyo origen se encuentra en las lunaciones) al año de las estaciones, el año trópico, e implantó el bis sextum, un día adicional cada cuatro años para adaptar su duración a 365,25 días. Pero la duración real del año trópico es algo menor, de 365,2423 días (en la época de Julio César, hoy es de 365,2422 días), lo que supone que el calendario romano o juliano tenía un exceso de 11 minutos y 14 segundos cada año. Esta cantidad puede parecer despreciable, pero con el paso de los siglos provocó un desfase importante, lo que llevó a la necesidad de realizar un ajuste más preciso. 

En el año 325 de nuestra era, el emperador Constantino convocó el Concilio de Nicea, en el que se pretendía poner orden en una religión que había penetrado en el Imperio Romano, que ya gozaba de libertad y que se encontraba dividida entre varias corrientes, el Cristianismo. El principal tema era resolver la cuestión de si Jesús podía ser identificado con Dios mismo o no, dilema de suprema importancia que ocasionó muchos quebraderos de cabeza (y muchas "parrilladas" en plazas públicas) durante los siglos siguientes. Pero también había otras preocupaciones como fijar la fecha de Pascua de Resurrección, el momento más importante para un cristiano relacionado con la vida de Jesús. Como en los evangelios se narra que la Pasión transcurre durante la Pascua Judía, se decidió que se celebrara el primer domingo después del primer plenilunio tras el equinoccio de primavera. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que había un desfase de tres días entre la supuesta fecha del equinoccio y el momento en que éste se producía realmente, y se planteó la necesidad de hacer una reforma del calendario juliano. Sin embargo, no se hizo tal reforma porque atribuyeron este desfase a un error de Sosígenes de Alejandría al determinar la fecha del equinoccio, y se limitaron a fijar de nuevo la fecha el 21 de marzo sin modificar nada más. 

lunes, 5 de diciembre de 2011

La medida del tiempo (II). El calendario romano

Julio César
Las primeras poblaciones neolíticas comenzaron utilizando como referencia para la medida del tiempo el ciclo lunar, algo que no es de extrañar, pues de todos los astros la Luna es el que presenta el ciclo más evidente y llamativo después del ciclo de salida y puesta del Sol. El año solar tal y como hoy lo conocemos se "inventa" posteriormente, cuando las sociedades se vuelven más complejas y se hace indispensable tener un cómputo que se adapte al ciclo estacional anual que rige la vida civil de las primeras urbes. Como vimos en un artículo anterior, el primer calendario solar del que se tiene noticia fue el egipcio, aunque coexistían otros calendarios locales posiblemente de origen lunar. Hay civilizaciones en las que coexistían diferentes cómputos para distintos fines, que podían combinarse para dar lugar a cuentas aún más complejas, siendo el caso del calendario maya el mejor ejemplo.

El calendario que utilizamos hoy en día tiene su origen en la adaptación que realizó Julio César (posiblemente basándose en el calendario egipcio) del calendario lunar inicial de diversas poblaciones de la Península Itálica. Como otras poblaciones europeas, los antecesores de los romanos utilizaban un cálculo del tiempo con objetivos eminentemente agrícolas, basándose en el ciclo lunar de unos 29 días, que quedaba desacoplado de las estaciones con el tiempo. A este calendario lo llamaban los romanos el Calendario de Rómulo, que al menos se remonta al año 753 a.C.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Cuaderno de observación (24/11/2011)

La Luna y Venus al anochecer el 24 de noviembre
Después de una temporada consultando la página de Maldonado me llevé una alegría cuando por fin había un pronóstico de cielos despejados coincidentes con el fin de semana y además con Luna casi nueva. Por tanto planifiqué una salida para la noche del sábado 24 al domingo 25 de noviembre. En principio la idea era aprovechar las primeras horas de la noche, desde las 19:00 hasta las 24:00, pero tal y como el oráculo de la meteorología había vaticinado en su previsión por horas, desde las 18:00 se comenzaron a formar nubes altas que crecieron hasta casi cubrir por completo el cielo, pero que sobre las 21:00 desaparecieron con la misma velocidad con la que se habían formado. Por tanto la frustración inicial de ver cómo se arruina la noche justo cuando has montado el equipo fue compensada al final por un cielo despejado y transparente. Mereció la pena esperar dos horas haciendo algunas pruebas con la cámara. 

El plan de observación era el siguiente: 
  • Observación y fotografía de Venus y la Luna recién salida de fase Nueva.
  • Perfeccionamiento de la puesta en estación, alineación y calibración de la montura CGEM.
  • Observación y fotografía de Júpiter.
  • Observación de nebulosas planetarias y pruebas visuales con el filtro O-III.
  • Pruebas fotográficas y visuales de galaxias con el filtro CLS (antipolución lumínica).
  • Pruebas fotográficas de la nebulosa California con el filtro H-Alpha. 
  • Observación visual y fotografía a diferentes exposiciones de la Nebulosa de Orión. 
  • Fotografía de la Nebulosa Cabeza de Caballo. 

domingo, 13 de noviembre de 2011

La medida del tiempo (I): El calendario egipcio

La necesidad de medir el tiempo y realizar un cómputo de su transcurso es algo común a todas las comunidades humanas, especialmente desde que se hicieron sedentarias y su sociedad se fue haciendo más compleja. La dependencia de los ciclos biológicos y de las variaciones meteorológicas anuales hizo imprescindible desarrollar la capacidad de prever el momento adecuado para realizar cada tarea agrícola, y de este modo fue necesario tomar los ciclos observados en la naturaleza como referencia para la cuenta sistematizada del tiempo. Y los ciclos más evidentes que se pueden observar son los relacionados con el movimiento de los astros. 

Incluso sin iPhone somos capaces de intuir el momento del día en que nos encontramos gracias a la posición del Sol en el cielo. También podríamos saber el mes del año observando la altura máxima que alcanza nuestra estrella sobre el horizonte. Los ciclos relacionados con los movimientos de rotación y traslación de la Tierra son los que más influyen en nuestra vida, al condicionar nuestra actividad y biorritmos. Además del movimiento aparente del Sol podemos salir de noche y comprobar que existe igualmente un movimiento aparente diario de las estrellas al unísono (consecuencia de la rotación terrestre), y unos cambios también cíclicos en la fase de la Luna (resultado de su movimeinto alrededor de la Tierra). Un observador más constante también notaría que existen unos astros errantes (los planetas) que se mueven de una forma un tanto más compleja, pero igualmente de forma cíclica en el tiempo (hoy sabemos que ésto es resultado de la combinación de su movimiento propio y el de la Tierra). Y las estrellas que vemos salir y ponerse en un momento dado de la noche varían a lo largo del año porque aparentemente el Sol se va desplazando entre ellas, resultado de la traslación terrestre. Todos estos movimientos han sido estudiados y medidos minuciosamente por las diferentes civilizaciones, lo que en cada caso dio lugar a un calendario. Existen así calendarios solares (basados en el ciclo aparente del Sol), lunares (en el ciclo lunar) y otros menos comunes fundamentados en el movimiento de algún planeta. Igualmente el calendario podía tener tanto un fin práctico y administrativo como religioso, algo que se mantiene hoy en día.

Nuestro calendario actual es el resultado de la adopción, combinación y mejora de otros modelos cuyo origen se remonta a las primeras civilizaciones urbanas de Mesopotamia y Egipto; los primeros tomaron como referencia el ciclo lunar y los segundos desarrollaron el primer calendario solar del que tenemos constancia. Comenzaremos este recorrido por los calendarios con el caso egipcio.
 

martes, 8 de noviembre de 2011

Sagas celestiales (I): La reina presumida, la princesa desdichada y el apuesto caballero andante

Parece que el tiempo nos seguirá deparando nubes y no tendremos noches despejadas en los próximos días, a lo que hay que sumar la cercanía del plenilunio. Doy por hecho que los por ahora escasos lectores de este blog hace tiempo que tiraron su televisor a la basura (bueno, a la basura no... al punto limpio, ¡seamos ecológicos!), hartos de que insulten su inteligencia tanto político, tertuliano, presentador y chafardero. Así que lo mejor será sentarse junto a la lumbre con una copa de mistela y contar alguna que otra historia a algún nieto, hijo o -en su defecto- gato. La luz de un candil o una capuchina será suficiente para esta empresa, y más teniendo en cuenta que al precio que se vende el aceite pronto traerá más cuenta que la bombilla, por muy de ahorro que sea.

Si hay alguien que cree que las constelaciones son algo anodino se equivoca; detrás de ellas hay diferentes historias mitológicas asignadas por las distintas civilizaciones que han estudiado el cielo. Y puesto que los antiguos griegos sentaron los cimientos sobre los que descansa gran parte de la cultura occidental, los nombres que asignamos en el presente a las constelaciones proceden de ellos y se corresponden en la mayoría de los casos con personajes mitológicos de la antigua Grecia.

Los dioses del Olimpo vivían indudablemente bien, sin preocupaciones, enfermedades o sistema financiero. Es cierto que habían tenido sus guerras con los Titanes, pero una vez alcanzada la estabilidad se aburrían mucho, especialmente su líder, Zeus, que no encontraba el modo de perder de vista a Hera, su hermana y legítima esposa. Así que miró hacia abajo y descubrió lo sumamente divertido que sería entrometerse en los asuntos de los mortales. Así se aficionó a las incursiones amorosas más sofisticadas e imaginativas posibles, lo que inevitablemente acarreaba la furia de Hera, que se veía centro de los mentideros del Olimpo. Trece consortes divinas más veintiocho amantes mortales y ninfas le dieron una numerosa prole de más de ochenta descendientes, de los que sólo cuatro eran legítimos.

De todas las historias originadas por las correrías de Zeus quizás la más conocida y con más representanción celestial sea la saga de Perseo.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Nuestro vecindario galáctico

Galaxia del Triángulo (M33)
Cuando contemplamos el cielo nocturno a simple vista todo lo que observamos se encuentra en nuestra galaxia, la Vía Láctea... ¿Todo? no; existen dos manchas nebulosas cuya luz nos llega desde mucho más lejos, y que en buenas condiciones podemos distinguirlas sin más ayuda que la de nuestros ojos.

En 1920 ya se llevaba tiempo discutiendo sobre la naturaleza de éstas y otras muchas nebulosas (con forma espiral o elíptica) que se observan a través del telescopio. El principal punto de desencuentro era si estas nebolusas estaban dentro de nuestro sistema estelar o no, lo que desembocó junto a otras cuestiones astronómicas en el conocido como "Gran Debate", cuyos protagonistas principales fueron H. D. Curtis y Harlow Shapley. Al final, en 1924 Edwin Hubble zanjó la cuestión cuando logró distinguir estrellas individuales en una de estas nebulosas (la de Andrómeda) y calculó su distancia que, aunque infravalorada en un principio, dejaba claro que se trataba de un sistema estelar diferente a la Vía Láctea.

Nuestra galaxia es una espiral barrada con un diámetro de unos 100.000 años luz (la luz tarda en recorrerla de punta a punta 100.000 años), acompañada de una serie de galaxias enanas entre las que destacan las conocidas como Nubes de Magallanes, visibles desde el Hemisferio Sur. Obviando estas pequeñas galaxias, las más cercanas a nosotros (de cierta envergadura) son la Galaxia de Andrómeda (M31), a unos 2.650.000 años luz, y la Galaxia del Triángulo (M33), a casi 3.000.000 años luz. La Vía Láctea y estas dos galaxias son las principales del conocido como Grupo Local, nuestro vecindario galáctico formado por una treintena de galaxias. M31 y M33, por su "proximidad" y tamaño, pueden llegar a ser observadas a simple vista, especialmente la de Andrómeda, siendo los únicos objetos (además de las Nubes de Magallanes) de luz proveniente de fuera de nuestra galaxia que pueden ser captados por nuestros ojos sin ayuda de telescopio.
 

domingo, 30 de octubre de 2011

El "seeing" (o la difícil tarea de escoger el momento y lugar adecuados)

A no ser que dispongamos de un observatorio fijo (algo que no es frecuente) realizar una observación astronómica supone una serie de preparativos que requieren tiempo y esfuerzo: cargar el equipo, desplazarnos al lugar de observación, montarlo, estacionar y alinear el telescopio... y cuando finalizamos hay que desmontar, regresar a casa y descargar el equipo. Y no se trata de un simple maletín, sino de varios bultos voluminosos y pesados que normalmente ocupan todo el maletero y los asientos traseros del coche. Se puede comprender la contrariedad que supone comprobar, una vez montado todo, que poco se puede hacer porque las condiciones de observación son pésimas. Por eso es conveniente en la planificación de nuestra salida tener una idea de lo que nos va a permitir observar la atmósfera terrestre y su bendita manía de no estarse quieta.

Antes de plantearnos hacer una salida deberíamos tener en cuenta lo siguiente:
  1. Presencia de nubes.
  2. Transparencia del cielo.
  3. Humedad relativa y temperatura.
  4. Movimientos convectivos de la atmósfera.
  5. Situación y velocidad de la corriente en chorro (jet stream). 

martes, 18 de octubre de 2011

Para no perder el Norte

Gran Carro (click para ampliar)
Algunos amigos me han sugerido que dedique algunas entradas sobre nociones básicas de Astronomía, y me ha parecido una buena idea para que con el tiempo haya en este blog una buena recopilación de temas que puedan servir al que quiere iniciarse en la observación del cielo nocturno. 

Casi todos conocemos a alguien que en un principio se sintió atraído por la Astronomía y en seguida quiso adquirir un telescopio pensando que nada más dirigirlo al cielo podría contemplar esas coloridas nebulosas de los libros. Una vez en la gran superficie pilló ese instrumento de oferta que pone en la caja que puede alcanzar los 700 aumentos (o más), y el vendedor le dijo que por 100 euros se llevaría al hermano menor del mismísimo telescopio Hubble. Y seguro que ese amigo nos ha contado que esa misma noche dirigió todo ilusionado el telescopio al cielo y vio... más estrellas; barrió de aquí para allá la bóveda celeste, y nada ¡sólo más y más estrellas! "La Luna es una excepción, eso sí que es espectacular", nos habrá explicado, "pero ¿dónde están las galaxias, las nebolusas, esas nubes de color? Y encima le pongo el ocular ese que dicen que llega a los 700 aumentos ¡y no veo nada!" Al final ese telescopio se queda montado junto a la terraza o una ventana en el mejor de los casos (para observar la Luna o espiar al vecindario), y con eso acabó la afición a la Astronomía de nuestro amigo, que seguro que justificará su frustración explicándonos que "¿para qué quiero complicarme la vida pudiendo ver las fotos del Hubble por Internet?"

Lo descrito ocurre más a menudo de lo que pensamos porque a veces queremos satisfacciones inmediatas, subir toda una escalera de un salto, cuando toda dedicación requiere de un proceso de aprendizaje, que en el caso de las aficiones suele ser autodidacta y por tanto algo más lento. Así que el principio básico para el aspirante a astrónomo es tener paciencia y perseverancia: no debemos esperar grandes resultados inmediatos, y si no nos satisfacen los que obtenemos debemos ser obstinados y no cejar en el empeño de mejorarlos. Esto desde luego es aplicable a todo trabajo, pero la afición a la Astronomía tiene además algunas características que pueden hacernos tirar la toalla antes de tiempo:
 

sábado, 15 de octubre de 2011

Esas extrañas criaturas nocturnas

Bajo el título "Los Colores de la Noche" inicio mi andadura en este mundo llamado "blogosfera". ¿Y no es bastante acaso con las redes sociales para tener un escaparate y un púlpito, y (por qué no decirlo) dar rienda suelta a ese poquito de vanidad asociada a mostrar nuestras actividades y lo que nos hace un poco diferentes? Debería; pero prefiero tener un espacio propio más versátil y completo donde se pueda compartir algo más que un estado en un muro. Las redes sociales llegan a estresar, porque al final acabas demasiado obsesionado por a quién "le gusta" y quién calla, y se establece una especie de competición de coleccionistas de pulgares levantados. Así que a partir de ahora mi actividad estará más centrada en construir este blog en el que no pretendo otra cosa que compartir una afición y poner mi granito de arena en la divulgación de la Astronomía, eso sí, con las modestas pretensiones de un aficionado. 

¿Por qué titulo este blog como "los colores de la noche"? Digamos que es más poético que llamarlo "blog de astronomía" o algo así. Además es frecuente oir esta expresión cuando se habla de la obra de Van Gogh, el maestro que mejor ha sabido captar la belleza del cielo estrellado. Por eso también he escogido como cabecera parte de una de sus noches estrelladas, que hoy serían difíciles de contemplar por la excesiva e inadecuada iluminación artificial. Desgraciadamente hoy en día el color del cielo está virando a ese naranja enfermizo resultado de la conjunción del derroche de luz y dinero hacia el cielo con la polución atmosférica originada por el tráfico y la industria. Incluso en zonas rurales hay que alejarse cada vez más de los núcleos porque el derroche y la ostentación han sido hasta ahora el camino seguido.